viernes, 09 de junio de 2006
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La Entrega.

Recojo mis pertenencias, he de obedecer tu último deseo, el más difícil de todos para mi hasta el momento, pero parte de mi quedará siempre ahí, aunque no me veas o me puedas sentir, acechando tus pasos en la penumbra como tantas veces hice sin que lo notaras…

Las posesiones de una esclava son siempre livianas, las importantes no son cosas materiales, son… sensaciones, pensamientos, palabras calladas, pronunciadas o escuchadas, emociones, penas, sonrisas, caricias, alegrías, silencios, sentimientos que se ocultan aunque se sientan a flor de piel… nada tiene más valor que eso para una verdadera esclava; de todo lo demás puede prescindir.

Por eso recojo lo único que me pertenece, el vestido con que me recogiste en el desierto, todo lo demás pertenece a éste lugar, a ti, como yo hasta hace unos momentos.

Soy libre, y por primera vez en mucho tiempo, soy profundamente infeliz a la vez que me esfuerzo en obedecerte.

Acaricio esas joyas con que te gusta que tus esclavas se engalanen para ti, te gusta la belleza, convertir esclavas en princesas y princesas en esclavas, jugar con todo, gozar con todo y hacer participar a los demás de tus juegos.

Las sedas, las gasas transparentes y vaporosas, las brillantes telas que forran las babuchas… los brazaletes, los collares, pendientes… en fin, cosas bellas pero reemplazables siempre.

No puedo evitar sentirme como un ladrón cuando, envuelvo en mi andrajoso vestido, el collar de esclava que un día ceñiste con tus manos a mi cuello y mis grilletes, ésos que tuviste que utilizar tantas veces para inmovilizarme mientras me castigabas para doblegar mi orgullo, mi arrogancia y mi rebeldía sin sentido.

Tengo miedo, Mi Señor, también por primera vez en mucho tiempo tengo miedo… Temo que mandes revisar mi hatillo porque desconfíes de mí y creas que me llevo algo que no me pertenezca.
No creo que pudiera soportar que descubrieras mi pequeño tesoro, me lo quites y ya no pueda conservar nada de ti.

Me voy porque es tu deseo, pero no quiero olvidar lo que fui, lo que soy, lo que tal vez ya seré para siempre; esclava tuya, pero sin ti.

¿De que sirve una esclava sin Dueño?

¿Qué va a ser ahora de mí?

No quiero preguntármelo ni pensar, tengo que obedecer y lo que sea en adelante, será.

Ya está, no queda nada por hacer, nada por decir, me he despedido de todo y de todos, dos de tus mejores guerreros me esperan junto a un caballo ensillado; es hora de irse.
Mientras me acerco a ellos rezo para no verte una última vez, y al mismo tiempo… ¡Lo deseo, lo necesito tanto que te busco en cada rincón!

No estás, y en el fondo me alegro, no quisiera incomodarte más y sé que lo haría arrojándome a tus pies y suplicando que me permitas seguir siendo tuya…

Muchas veces desde que comenzó mi cautiverio, Mi Señor, había recreado este momento de mi partida; jamás llegue a imaginar que pudiera sentirme tan triste y desolada al retomar el camino de mi libertad.

Esto sí me rompe por dentro más de lo que lo lograron nunca los latigazos o los encierros y privaciones a los que me sometiste mientras fue necesario, pero saldré de tu casa y de tu vida con el orgullo intimo de saber que obedecí tu voluntad hasta el final, y que esté o no a tu lado, lo puedas ver o no, sé, creo que los dos sabemos que seré tuya para siempre.

Salgo, el sol me ciega, y monto a caballo, lo espoleo… y galopo sin mirar atrás.


-¡¡¡ Miriam !!!

Lo que es la imaginación, Mi Señor, juraría que he vuelto a escuchar mi nombre después de tanto tiempo y se me hace extraño…

- ¡Detente, Miriam!

¡Dios! ¿Lo ha echado en falta tan pronto? No, por favor, Amo, sólo son unas cadenas, pero son las mías…

- ¡Te ordeno que te detengas!

No hay error, es tu voz pronunciando mi nombre y sé que no tengo escapatoria, si insisto en huir asi te enojarás más y no quiero guardar de ti ése recuerdo.

Detengo el caballo, bajo de él y me giro, te veo galopar hacia mi con el látigo corto y fino en la mano, te acercas y yo aprieto el vestido viejo entre mis brazos con aprehensión; te espero abrazada, aferrada a mis recuerdos, con la mirada baja…

- Miriam… ¿de verdad quieres ser MIA? ¡Mírame!

Levanto un poco la mirada.

- Más, alza la cara y mírame a los ojos, quiero leer en los tuyos la verdad. Tienes que saber que si ahora dices SI, nunca más podrás irte, no volveré a darte la libertad, ¿Lo entiendes?

- Si, Mi Señor, lo entiendo.

No puedo sostener tu mirada sin echarme a llorar y vuelvo a bajarla.

- Entonces ¿qué decides?

- Te entrego mi libertad, no la deseo, quiero ser tuya…

- Ven…

Me acerco, tú me levantas la cara, me atrapas en tus ojos y yo apenas puedo verte a través de la mía que se vuelve más liquida por momentos.

- Mírame y repite eso.

Saco de entre mi vestido el collar y mis grilletes y te los ofrezco en mis manos abiertas:

- Soy tuya, Mi Señor, para siempre, mientras quieras.

Pasan unos segundos que se me hacen eternos, secas mis ojos y no apartas los tuyos de los míos, me parece verte sonreír pero tal vez lo imagino…

- Si. Ahora, por fin, eres MIA…

Y entonces rozas tus labios en mi piel recoges alguna de mis lágrimas y me susurras bajito:

- Mi pequeña fierecilla…

FIN.

Publicado por cami.s @ 4:09  | Relatos
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