viernes, 09 de junio de 2006
Imagen


La Aceptación.

En algún momento dejé de tener miedo de ser tu prisionera y empecé a tenerlo de dejar de serlo, qué incongruencia, ¿no?

“Quién nada posee, nada tiene que perder, y ve todo como ganancia”.

Aprendía a valorar las cosas más sencillas, todo aquello que antes me parecía natural tener y que jamás había tenido que luchar por ganarme; ¡quién iba a decirme a mi que llegaría a considerar un lujo poder lavarme con jabón y agua templada o comer tres veces al día!

O que un sorbo de agua puede saber a gloria, un bocado a algo especial y una mirada de reconocimiento o satisfacción el mejor de los premios… no hablemos ya de una palabra amable…

Todo, gracias a ti y tu forma de apoderarte de mi ser, cobraba un significado nuevo.

Y así y todo, aunque la rebeldía fuera menor, conservaba en mi una forma de orgullo diferente, nuevo; el de aprender a satisfacer tus caprichos sin una sola queja.

Hacías conmigo lo que querías, era prisionera o sirvienta, esclava o concubina… no formaba parte del harem, pero algunas veces me usabas.
Al principio te despreciaba por ello, poco a poco lo iba valorando más hasta echarlo de menos si no sucedía…

Llegó un momento en que todo dependía de ti; mi alimento, mi bienestar, mis pequeños premios, los castigos si me portaba mal… y lo necesitaba todo, lo bueno y lo malo, lo real y lo irreal…

Pasaba el tiempo, la situación se mantenía, y un día me encontraste llorando, no dijiste nada, sólo me miraste y seguiste tu camino, a la mañana siguiente me mandaste llamar.

- Bien, has cumplido el castigo que tu desdén, tu vanidad y tu orgullo merecían, me ha sorprendido que lo hayas soportado así, lo admito. Puedes recoger tus pertenencias, dos de mis hombres te llevarán con los tuyos. Eres libre, puedes irte.

¿Qué paso para que en ése momento me echase a llorar desconsoladamente? Tú te quedabas callado e interpretabas que eran lágrimas de alivio, de alegría por el fin de mi cautiverio… en cierto modo yo también lo creía así, pero…

- Deja de llorar ya, he dicho que eres libre. Vete.

- No, por favor, Mi Señor, deja que me quede…

- ¿Qué estás diciendo?, ¿Crees que no te he visto llorar? Es hora de que regreses con los tuyos.

- No deseo irme, Mi Señor.

- ¿Entonces porque llorabas anoche tan amargamente?

- Estaba conmovida, Amo, fui torpe e impaciente y otra de sus esclavas vino en mi ayuda para ahorrarme un castigo.

Yo, que lo tuve todo, nunca supe lo que era compartir incluso cuando no se tiene nada, ni siquiera culpa, hasta que me hiciste tu esclava.

Mi orgullo me impedía ver más allá de mis deseos y caprichos ignorando los de los demás, pero eso ha cambiado aquí, entre tu gente, que en su humildad es mil veces más rica y generosa de lo que yo lo fui antes.

- Tienes que irte porque eres infeliz aquí.

- Echo de menos a mi gente, es cierto, Mi Señor, pero no soy infeliz, al principio me empeñé en serlo, ahora ya no.

- Eso es resignación.

- Amo, dices que me das la libertad porque me has visto llorar, ¿Acaso nunca pudiste verme reír rodeada de los niños o los ancianos? ¿con las otras esclavas mientras me enseñaban con aprecio o desprecio a servirte bien para que no te enojaras más?

- Muy pocas veces.

- He sido infeliz al principio, pero ahora ya no lo soy.

- No te creo.

- Lo merezco por no decírtelo antes con palabras y confiar en que sabrías verlo en mi actitud.

Te lo ruego, Mi Señor, si no quieres verme no me cruzaré en tu camino, me volveré invisible para ti, no volveré a hablar para que mi voz no te perturbe ni moleste.

No me mires, no me hables, no me toques ni me uses si no es tu deseo o si quieres todavía vengarte por el modo en que antes te traté, pero toma mi libertad, yo no la quiero.

- ¿Sabes lo que estás diciendo?

- Si antes la tomaste por la fuerza, hoy soy yo quien humildemente te la ofrezco y entrego. Permite que sea tuya para siempre, Mi Señor.

- ¿Prefieres ser mi esclava aquí que libre entre tu pueblo?

- … Si…

- ¿Por qué? ¿Porque has aprendido a respetar mi autoridad?

- Si, y la necesito y la deseo.

- Pero… ¿tú sabes lo que estás diciendo?

- Perdóname, Mi Amo, estoy siendo egoísta y malcriada otra vez.

Si deseas que me vaya eso es lo que debo hacer.

Todo este tiempo y aún no he aprendido a obedecerte sin protestar, a ser una verdadera esclava…

Sigo pensando en mi.

No tengo apenas nada, estaré preparada en una hora, el tiempo que me llevará despedirme de los que me han enseñado tanto aquí.
Gracias, Amo por todo lo que me has permitido aprender a tu lado. Nunca lo olvidaré.

- Está bien, puedes retirarte.

Me retiro apesadumbrada; he sido tan inconsciente día a día de lo que significaba esto para mí, que no se me ocurrió pensar que algún día querrías liberarme, que se podía terminar.

Pienso…

¿Querías creerme, Mi Amo, o tardé tanto tiempo en entender lo que querías mostrarme con tus enseñanzas que perdiste el interés?

No importa, nada importa ya porque tu voluntad es la que marca mi destino y tú deseas devolverme a una vida que ya no puede ser la mía porque he aprendido a vivir aquí.

Publicado por cami.s @ 4:14  | Relatos
 | Enviar